Cuentos de princesas.
En el tren.
Aumenta la velocidad.
Agárrate, dice la madre a un nino.
Y el nino se agarra a sí mismo.
La madre ríe, ignorante de la inteligente decisión fijar el centro de gravedad en uno mismo. Reduciendo el espacio para futuras traiciones, desenganos y abandonos.
Ya lo recomendó Humprey Bogart, abrázate tu sola que yo no tengo tiempo.
En la piscina.
Nado.
Tras el tercer largo dejo de nadar y es la piscina la que nada sobre mi cuerpo. Llevándose los pensamientos sólidos y el dolor de espalda.
Solo pensar en azul y en peces.
Me nada la piscina mientras yo voy contando largos fríos y azules, tranquila y en paz.
Porque sé que número corresponde cada minuto.
Porque no necesito querer hacer nada, ni no querer hacer nada.
Sólo dejarme nadar.
En el concierto de Antony y los Johnsons.
Una belleza desconcertante.
Algo de campesina medieval gorda y desdentada que se transforma en ángel tras sacar su voz procedente de algún lugar inexistente dentro de su cuerpo.
Como un don de esos que abundan en los cuentos de princesas.
Aferrada al bolso, como si en lugar de ir a sentarse al piano en su concierto fuera a sentarse en el metro en hora punta, camino de un casting en el que piden Bellas y ella/él es Bestia.
Canciones que ponen los pelos de punta como el visionado de una foto triste.
En el tren.
Aumenta la velocidad.
Agárrate, dice la madre a un nino.
Y el nino se agarra a sí mismo.
La madre ríe, ignorante de la inteligente decisión fijar el centro de gravedad en uno mismo. Reduciendo el espacio para futuras traiciones, desenganos y abandonos.
Ya lo recomendó Humprey Bogart, abrázate tu sola que yo no tengo tiempo.
En la piscina.
Nado.
Tras el tercer largo dejo de nadar y es la piscina la que nada sobre mi cuerpo. Llevándose los pensamientos sólidos y el dolor de espalda.
Solo pensar en azul y en peces.
Me nada la piscina mientras yo voy contando largos fríos y azules, tranquila y en paz.
Porque sé que número corresponde cada minuto.
Porque no necesito querer hacer nada, ni no querer hacer nada.
Sólo dejarme nadar.
En el concierto de Antony y los Johnsons.
Una belleza desconcertante.
Algo de campesina medieval gorda y desdentada que se transforma en ángel tras sacar su voz procedente de algún lugar inexistente dentro de su cuerpo.
Como un don de esos que abundan en los cuentos de princesas.
Aferrada al bolso, como si en lugar de ir a sentarse al piano en su concierto fuera a sentarse en el metro en hora punta, camino de un casting en el que piden Bellas y ella/él es Bestia.
Canciones que ponen los pelos de punta como el visionado de una foto triste.
La foto de la agonía mortal de Candy Darling de su portada.
Tan agarrada a si misma a punto de volcar.
En los diarios de Kemplerer.
Comprender al fin lo incomprensible de esa más de una década de nazismo, de horror que tendía hacia infinito.
Una cuestión más de estupidez humana.
El hombre, ese ser relleno de masa cerebral desintegrada en la que aparecen de pronto trozos sólidos, en el mejor de los casos.
Se burla del limitado repertorio de insultos de la Gestapo.
En los diarios de Kemplerer.
Comprender al fin lo incomprensible de esa más de una década de nazismo, de horror que tendía hacia infinito.
Una cuestión más de estupidez humana.
El hombre, ese ser relleno de masa cerebral desintegrada en la que aparecen de pronto trozos sólidos, en el mejor de los casos.
Se burla del limitado repertorio de insultos de la Gestapo.
Cita un juramento que su mujer le cuenta haber escuchado de una mujer judía, que te caigas muerta en la calle de tifus exantemático y que te cubran después de papel de periódico para que los pájaros no picoteen tu cadáver.
Como una maldición de esas que abundan en los cuentos de princesas.
En la jaula.
Todo es más zen.
La estupidez y el sinsentido continúan, pero al menos no hay miedo a ser deportado.
Basta con sujetarse bien a uno mismo cuando amenaza tormenta.
Quise mantener a Ele minúscula alejada de los cuentos de princesas con sus príncipes azules y no pude. Quizá sea mejor así.
Candy Darling cuán bella durmiente, agarrada a sí misma a la espera del último beso, en la portada del cd de Antony y los Johnsons.

Como una maldición de esas que abundan en los cuentos de princesas.
En la jaula.
Todo es más zen.
La estupidez y el sinsentido continúan, pero al menos no hay miedo a ser deportado.
Basta con sujetarse bien a uno mismo cuando amenaza tormenta.
Quise mantener a Ele minúscula alejada de los cuentos de princesas con sus príncipes azules y no pude. Quizá sea mejor así.
Candy Darling cuán bella durmiente, agarrada a sí misma a la espera del último beso, en la portada del cd de Antony y los Johnsons.


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